El anciano
Su vieja mirada se perdía en la calle como se hunden las redes en las aguas profundas.
Sus ojos contaban historias cuyos finales buscaba al reverso de las hojas que caían
de los árboles del parque.
Afuera, la vida crecía y se multiplicaba, reproducida y fotocopiada en incontables espejos que bailaban y
chocaban entre sí.
Adentro, las pantallas echaban raíces en los suelos de las casas, y serpenteaban en libertad total, silenciando voces y conciencias, matando la tierra, dejándola con un sabor a silicona y vidrio.
El anciano esperaba con una flor marchita en la mano, una rosa de plástico en la solapa y una taza de café que se helaba sobre la mesa.
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